Sobre Visitas después de hora

Diálogo con Gustavo Bernstein, de la Agencia TELAM, Argentina, octubre de 2003.

—La novela presenta una paradoja: el protagonista, el eje de toda la historia, no habla ni actúa más que por su rebote en los otros. ¿Cómo te surgió esta idea?

        —Bueno, el hecho de que el padre no hable ni actúe no significa que pierda protagonismo, creo yo. Su "actuación", digamos, es pasiva en el tiempo de la lectura, pero no lo ha sido, ni mucho menos, durante su vida. A mí me gusta esa idea, me pareció que tenía potencialidad literaria... En cuanto a la idea de esta novela, nació hace mucho tiempo, cuando terminé Santo Oficio de la Memoria a comienzos de los 90. Entonces pensé que había una reflexión femenina que me quedaba pendiente, la de las hijas del último miembro de aquella familia. Y ahí quedó todo, como durmiendo durante un buen rato. Hasta que hace unos cuatro o cinco años retomé aquello, pero ya desde una perspectiva independiente. O sea, Visitas no es continuación de Santo Oficio de la Memoria sino un texto con carnadura propia.

—Veo algunas relaciones cinematográficas: la última de Almodóvar, donde todo gira alrededor de esa chica; el monólogo de Brando frente a la madre muerta en Último tango en París; o, con matices, algo de Apocalipse now (o El corazón de las tinieblas), donde toda la historia gira alrededor de un protagonista que aparece cinco minutos recién al final. ¿ves vos también esta presencia del cine? y si es así, ¿es voluntaria?

        —No, sólo ahora lo advierto. Y me parece que no le añade ni le quita a mi texto, ¿no? Quizás lo que sucede es que yo no escribo con un ojo en el cine, sino con los dos en la literatura. Y lo demás son coincidencias, por cierto inevitables, porque vivimos en un mundo de constantes cruzamientos. Todo el arte en el mundo se relaciona hoy como jamás antes, en ningún otro período de la Historia. Pero a mí lo que me importa, y trato de cuidar siempre, es que lo que yo narro sea literatura y punto.

—Se dan pocos casos de escritores hombres que decidan narrar a partir de la mirada femenina. En la novela todas las voces lo son. ¿Cómo te resulta meterte en la piel de una mujer? (En este sentido también podría aludir al cine, con directores como Woody Allen o Fassbinder, que manejan tan bien la psicología femenina...)

        —En realidad éste es un ejercicio que vengo haciendo desde hace casi veinte años. Empecé a cambiar con Qué solos se quedan los muertos, que es de 1984/85, pero realmente asumí la voz narrativa femenina cuando escribí, duante ocho años, Santo Oficio de la Memoria, que es una novela narrada casi íntegramente por mujeres. Y no dos o tres, sino 24. Aquel ejercicio fue maravilloso y desde entonces siempre me he sentido mucho más cómodo, narrativamente, indagando el alma femenina. Por eso no creo que como escritor "me meta" en la piel de una mujer. En realidad, cuando escribo como mujer sucede que soy mujer. Son mis partes femeninas las que estoy inquiriendo y es desde ellas que pienso, razono, pienso y actúo.


—Habla un poco de cada una de estas mujeres (las tres hijas, la ex mujer, ambas amantes, etc.). ¿Cómo se conformó este gineceo en la vida del tipo y qué rol cumple cada una?

        —No sé qué responder. En realidad, esta novela es un intento de respuesta a esto, me parece a mí. Yo no escribo con planes ni organizo el texto previamente. Simplemente las cosas van sucediendo y uno, como escritor, debe encontrarlas y escribirlas. Eso es lo que hace el escritor o la escritora: encontrar el texto justo y único que corresponde a cada historia, y hacerlo de una manera que resulte bella y sensible y sustancial. O sea, la Literatura.

—Cada una de las minas parece que tuviera una factura para pasarle al tipo. Están llenas de reproches pero a la vez no pueden librarse de él. Es más, todas parecen quererlo a su manera. Despierta en ellas sentimiento encontrados, o algo así. ¿Cómo ves esto? Y en todo caso, ¿de qué manera lo aman o lo odian?

        —Esto también se explica, o no, en el texto mismo. Es cierto que estas mujeres están llenas de reproches y es cierto que lo aman. Pero ¿no son así todas las relaciones entre padres e hijas, e hijos? El amor paterno o materno, como el amor filial, son inexplicables y complejos, contradictorios y pasionales, porque son amor. El amor es todo eso, y es mucho más, y la literatura se nutre de eso. Que en este caso me haya ocupado de las relaciones entre un hombre acabado, enfermo terminal, y una muchacha que tiene toda la vida por delante, me pareció que ofrecía muchas posibilidades. No soy yo el que debe evaluar el resultado, pero ahí está mi novela.

—Además de su capacidad histriónica, su carisma, su lucidez intelectual y sus aptitudes de donjuán, del tipo se sabe que fue militante en los setentas, que emigró a México (donde aparentemente se criaron las hijas), que luego fue una especie de buscavidas, que no eludió sobevivir haciendo de gigoló, etc. pero tambié aparece un delito o una corruptela que no se especifica muy bien pero que le depara la cárcel. ¿Podés reconstruir someramente un perfil o la historia del tipo?

        —Bueno, el perfil del tipo está descrito en la pregunta, no? Es así, en efecto, es todo eso. Carismático, lúcido, seductor, ex militante, exiliado, buscavidas, gigoló y muy posiblemente en algún momento de su vida adulta metió la mano en la lata y se cagó olímpicamente en todo lo que soñaba cuando muchacho. ¿No hay centenares de estos tipos en la Argentina de hoy? Y seguramente en otros países también. Es la naturaleza humana la que hace a estos tipos. Mi novela simplemente da cuenta de uno de ellos y lo que yo más quise fue no juzgarlo. Ni Flora, la hija que lo ama y putea, que le reclama y lo cuida junto al lecho, termina de condenarlo ni de absolverlo, de modo que yo, como autor, ¿qué podía hacer?

—¿Vos lo ves como un manipulador de las minas o como un pelele? O en todo caso, ¿cuánto hay de uno y de otro?

—No sé qué responder. Pero me parece que ni lo uno ni lo otro. Es un tipo seguramente mucho más débil que lo que él mismo creyó siempre. Y ahora agoniza. A mí me parece patético, sentí mucha tristeza mientras escribía esta novela.

—Salvo un diálogo entre la hija mayor y una ex amante o el conflicto entre la hija del medio y su madre, casi no hay relación entre estas mujeres, siendo que las une precisamente este tipo. Se ignoran. No aparecen celos entre ellas (o al menos no lo advertí), siendo que es casi un tópico en la relaciones entre mujeres cuando gravita un tipo. Acá, en cambio, cada una vive su relación con él con total indiferencia hacia las otras. ¿Por qué decidiste plantearlo así?

        —En realidad no lo sé. O quizás es que yo no planteé nada. Simplemente esas mujeres no se encuentran en el texto, ni física ni temporalmente. Entonces cada una tiene un discurso despojado de competencias. Lo cual no quiere decir que no hayan sido celosas o que no haya habido conflictos. Más bien, yo creo que toda la novela es una suma de conflictos, y los celos sí ocupan un papel principal. Entre las hermanas, entre esposa y amantes, entre hijas y madre... Pero puedo estar equivocado. Yo no sé todo sobre esta novela.

—Tanto los acentos (del mexicano al porteño) como los recursos literarios (el monólogo, el género epistolar, el diario íntimo, etc) con los que se expresan cada una de las mujeres difieren: ¿Qué desafío presenta cada uno de estos recursos como escritor, a qué debés estar atento en cada uno de ellos?

        —Todos los recursos que uno usa, cuando escribe, son desafíos en sí mismos. La escritura es riesgosa o no es. Y si uno corre riesgos, entonces cada textualidad exigirá nuevos y múltiples retos, tanto en lo estilístico como en materia de género, tanto en cuanto al tempo interno del texto como a los sentimientos que sea capaz de provocar. Cuando escribo, intento estar atento a todo eso pero, a la vez, sabiendo que no tengo control y que es bueno que así sea. Y ése es el riesgo mayor. Si uno no está dispuesto a correrlo, mejor que no escriba, mejor dedicarse a otra cosa.


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