Sobre Soñario

Diario El Liberal, de Santiago del Estero. Por Augusto Munaro.

        —"Vivir sólo es soñar”, arguyó el príncipe Segismundo, en el drama español del Siglo de Oro, La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca. El sueño ha sido una de las inagotables fuentes de inspiración en que se ha nutrido la literatura. Cædmon, pastor anglosajón y primer poeta de Gran Bretaña, soñó en una oportunidad que un ángel le exigía componer un poema sobre el origen del mundo. Y así, como se sabe, escribió su versión del Génesis, obra que lo amparó del olvido. Otro ejemplo resulta ser William Langland (1330-86), quien legó Pedro el Labrador, una sátira alegórica sobre la doctrina cristiana. El extenso poema de versos aliterativos, se inicia cuando el protagonista –acaso el mismo Langland-, una mañana de mayo se recuesta plácidamente cerca de un río y tras dormirse, “sueña un maravilloso sueño”: el argumento del libro. Obra medieval que prefigura por varias centurias a El progreso del peregrino, del predicador John Bunyan, donde una vez más, el núcleo de la historia es fruto de una visión onírica. También Samuel Taylor Coleridge compuso su más antologado poema: “Kubla Khan”, al soñar con una voz cuya musicalidad remitía a mares subterráneos sin sol, y bosques tan antiguos como las colinas.
Con el decurso de varios siglos, lenguas y géneros literarios de por medio, en los diarios íntimos de E. M. Cioran, Arnold Bennett, H. F. Amiel, Virginia Woolf, inclusive Franz Kafka; es posible identificar algunas referencias oníricas; aunque surgen brevemente y de modo esporádico. ¿Una elección producto del pudor? Los escritores tienden a eludir ese registro tan íntimo como son los sueños; por eso, la singularidad de Soñario (Edhasa), el último libro de Mempo Giardinelli. Se trata de 150 sueños que tuvo el escritor a lo largo de tres décadas. Cada uno, cuya extensión no supera las cuatro páginas, testimonian la variada e imprevisible imaginación de su autor. Son microcuentos que traslucen las aventuras funambulescas del soñador.
Mempo Giardinelli (1947) nació en el Chaco, aunque ha vivido algunos años en Buenos Aires y México, actualmente reside en su provincia natal. Es narrador de una vasta obra que abarca una treintena de libros traducidos a numerosos idiomas. El santo oficio de la memoria, La revolución en bicicleta, Luna caliente, Visitas después de hora, algunas de sus novelas más conocidas, le han valido el respaldo de la crítica y de los lectores. Lleva una activa labor literaria. Fundó y dirigió la mítica revista Puro Cuento, y además dicta cursos, seminarios y talleres en universidades de América y de Europa. Una de sus características, es la versatilidad con que explora géneros y evade los lugares comunes.
Es en Soñario, donde ha intentado con mayor propósito, escribir un libro que no correspondiera a ninguna moda o corriente. Con un leve dejo de humor e ironía, el volumen es un alegato contra la escritura solemne y reverente. Sus páginas entretejen a través de una prosa precisa y rica, más de un centenar de historias que abarcan todos los matices posibles, haciendo de cada uno de los sueños; acabadas piezas de ficción. Soñario es la enciclopedia onírica de Giardinelli y, por ende, un auténtico manual de literatura fantástica.

-¿Cómo surgió la idea de publicar un libro tan original?
-Yo digo que éste es un libro involuntario, porque se fue haciendo solo. Empecé con mis primeros apuntes de sueños hace más de treinta años. Creía entonces que podían servirme para los personajes de mis ficciones, o bien podían sugerir situaciones ficcionales. Y así fue en muchos casos, pero lo que no sabía era que iban a devenir un género narrativo en sí mismo. Esto sólo empecé a sospecharlo hace algunos años, y en consecuencia fui ordenando aquellos apuntes, descartando muchos, reescribiendo los que me parecían más interesantes. Fue un proceso precioso.

-En su nota preliminar con que abre el libro, usted escribe “los sueños son la principal fuente de la literatura”. ¿Por qué lo cree así?
-Porque si la literatura tiene infinitas fuentes, y de hecho para mí la literatura es la vida misma, la que proviene de los sueños de cada autor/ora es la más personal y la más íntima, y por ende es la más genuina. En mi opinión, y sospecho que Borges también lo pensaba así, todo eso la hace fuente principal.

-¿A una intensa vida onírica, se la puede estimular o es una cualidad innata del soñador, sobretodo si éste es escritor?
-No lo sé... Pero de lo que estoy seguro es de que no es posible proponerse un sueño. No es posible soñar un argumento predeterminado. Tengo para mí que el único estímulo para soñar es dormir mucho y profundamente, y me parece que el valor literario que pueda tener un sueño es algo completamente aleatorio. Uno todo lo que hace es trabajar sobre lo que anotó y recuerda.

-En Soñario, hay algunos neologismos del habla mexicana. ¿Cuán decisivo fue su exilio en el desarrollo y evolución de su escritura?
-En Soñario hay una fuerte presencia mexicana, como en todos mis libros. Los años de mi exilio en México fueron absolutamente formativos. En parte porque yo era un joven que estaba creciendo, pero acaso más porque encontré un ambiente literario generoso y abierto. Haber conocido y frecuentado a grandes escritores como Edmundo Valadés, Juan Rulfo, Elena Poniatowska o Augusto Monterroso devino esencial para mi escritura. Por eso siempre que hago la broma de que en la Argentina soy un escritor extranjero, en realidad lo que estoy diciendo es que también me siento parte, y creo que para siempre, de la literatura mexicana.

-Se sabe que ha sido y es gran amigo de muchos escritores; Augusto Monterroso, Juan Filloy, Abelardo Castillo entre otros. Su sueño “La conquista”, está dedicado al entrerriano Juan José Manauta. ¿Qué opinión tiene de este narrador argentino?
-Como le digo, yo he tenido grandes, enormes maestros. Y probablemente Don Juan Filloy haya sido uno de los más intensos. En cuanto a Manauta, es un querido y admirado amigo y maestro. Sus cuentos fueron fundamentales para mi generación, y cuando hacíamos la revista Puro Cuento lo teníamos como un generoso colaborador. “La Conquista” es un texto del 92, cuando España conmemoraba el quinto centenario de su arribo a América. Manauta organizó una estupenda antología y me pidió un texto. De ahí nació éste, que a su vez es reescritura de un sueño que tuve en México hace muchos años, y cuya primera versión está en mi novela Santo Oficio de la Memoria. De manera que ya ve usted el recorrido que puede tener un sueño.

-¿Le resultó más fácil escribir sueños o cuentos?, más allá de lo obvio, como escritor, ¿en qué difiere?
-Partamos de la base de que nunca escribir bien es fácil. Ni sueños ni cuentos ni nada. La literatura es un enorme trabajo. Requiere muchísima lectura, tiempo, humildad, rigor autocrítico y tenacidad a prueba de cañonazos. Entonces, si uno sabe todo eso y lo practica, escribir es el oficio de vida que uno ha asumido. No hay géneros fáciles o difíciles. Lo que hay es buena literatura o escritura insignificante.

-¿No teme que algún psicoanalista se haga un festín con Soñario?, ¿siente que queda demasiado expuesto al publicar un libro tan personal?
-Si ése fuera todo mi temor, sería grandioso, y ya lo hablaré con mi analista, de todos modos... En cuanto a la exposición pública, ella es inevitable, sobre todo si uno ha escrito un buen libro, como me gustaría que se considerase mi Soñario.

-Si este fuera un sueño y en él, sería común leer libros de sueños de todos los escritores habidos y por haber: ¿cuál leería con mayor interés y por qué?
-Me encantaría soñar un sueño que antes hubieran soñado mis maestros, y allí reencontrarlos. O hacer una antología de los sueños soñados por ellos. Ése libro sí que sería una maravilla.


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