Sobre la Lectura como resistencia cultural

Diálogo con Tete Romero, para la Revista Tram(p)as, de la UNLP, en agosto de 2004.

—En varias oportunidades escribiste que una persona es también lo que lee. ¿Es así, podemos definirnos por lo que leemos?

        —Sí, yo creo que en cierto modo somos lo que hemos leído. La ausencia o escasez de lectura es un camino seguro hacia la ignorancia y esa es una condena grave individualmente, pero lo es más socialmente. Suelo decir que es una estupidez que una persona no lea, y a ese crimen lo pagará el resto de su vida; pero si es una sociedad la que no lee el problema es gravísimo. La no lectura, desdichadamente, es un ejemplo que ha cundido y cunde demasiado alegremente en la Argentina, y en parte eso es lo que ha generado dirigencias ignorantes, autoritarias y frívolas.

        Por lo tanto, visto a la inversa y advirtiendo que ésta es una generalización, yo diría que toda persona que lee con cierta consistencia finalmente dulcifica su carácter, no sólo porque los libros son de aparente mansedumbre sino porque la práctica de la lectura es una práctica de reflexión, meditación, ponderación, balance, equilibrio, mesura, sentido común y desarrollo de la sensatez. Por supuesto que también han sido y son lectores competentes algunas personas despreciables, pero bueno, para mí son las excepciones a la regla. Leer es un ejercicio mental excepcional, un gran entrenamiento de la inteligencia y los sentidos. De ahí que, correlativamente, las personas que no leen están condenadas a la ignorancia, la torpeza, la improvisación y el desatino constantes. A mí me parece evidente que los seres humanos que son buenos lectores, lectores competentes, son —en general y aunque puedan citarse excepciones— mucho mejores personas.

—¿Podés presentarte a partir de tus lecturas? ¿Cuándo y cómo comenzó tu relación con los libros?

        —Me crié en un ambiente en el que había dos personas —mi mamá y mi hermana— que eran muy lectoras. Mi papá no, él era más bien rústico, apenas había cursado hasta el tercer grado de primaria. Era un hombre inteligente pero elemental: de muchachito fue marinero en barcos mercantes, después fue vendedor, viajante de comercio, panadero, o sea que era un hombre que se ganaba la vida como podía. Era sensible y muy conciente de sus limitaciones, y yo creo que admiraba que su mujer fuese una persona culta. Y es que mi mamá sí había estudiado, era maestra normal y profesora de piano, y además tenía sus lecturas, era una fanática del leer, lo que para aquella época era poco usual. Mi hermana también fue, y sigue siendo una lectora apasionada, que se recibió de bibliotecaria en la primera generación egresada de la UNNE (Universidad Nacional del Nordeste).

La nuestra era una casa modesta, en la que el mueble más importante que había era la biblioteca. Y hoy creo que tuvieron el gran tino, la gran sabiduría de no forzarme a leer. Jamás me obligaron a leer nada. Pero sucedía simplemente que ellas leían todo el tiempo y hablaban de lo que leían. Y a la noche, siempre, mi hermana o mi madre me leían alguna historia, me contaban cuentos, narraciones extraídas de los libros de la biblioteca. Y bueno, supongo que por imitación yo me fui haciendo lector. De hecho me recuerdo leyendo desde muy niño. Jugaba a la pelota y me trepaba a los árboles como cualquier chico del mundo, claro, pero con la misma naturalidad la lectura era parte de mi vida.

        En la secundaria nunca me destaqué, ni en Castellano ni en Literatura. Pero leía mucho, y siempre andaba con un libro bajo el brazo. Era lector de siestas y de todas las noches, y creo que fue así que empecé a escribir, como sin darme cuenta. Hoy me parece bastante natural la traslación de la lectura a la escritura.

        Mis únicos referentes de aquella época eran dos amigos un par de años mayores que yo: Eduardo Fracchia —luego notable filósofo y poeta, muerto prematuramente— y Carlos Moncada, que fue un brillante médico psiquiatra hasta que tuvo un tremendo accidente cerebral. Éramos los tres muy compinches, muy unidos y muy lectores. Carlitos sobre todo, en cuya casa había una biblioteca extraordinaria que estaba, también, a nuestra disposición. Con Eduardo lo admirábamos porque siempre, entre juego y juego, e incluso cuando empezábamos a conocer las primeras muchachas, él siempre comentaba un libro nuevo, sugería un texto, compartía un poema. Y no es que fuésemos lo que entonces se llamaban “tragas” o “raros”. Simplemente sucedía —lo advertí años después, de grande— que en nuestras tres casas había padres o madres lectores. De manera que yo me iba a jugar con ellos, a la siesta, y andábamos en bici o jugábamos al fútbol y después terminábamos leyendo algo en lo de Carlitos. Tener un amigo tan lector, para mí fue importantísimo. Yo conocí gracias a él a Alberto Moravia, Roberto Arlt, Julio Verne y todo Conan Doyle… En su casa leí libros que se juzgaban inconvenientes, como El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence, y las Memorias de una princesa rusa. Pero también leíamos a Neruda, a Asturias, a Anatole France… Con Eduardo y con Carlos leíamos prácticamente de todo y a todo lo comentábamos con naturalidad. No por ser pibes lectores éramos “diferentes”. Entre mis doce y mis dieciocho años ésa fue mi formación, en completa libertad. Y todo eso creo que ayudó a que mi vida haya estado, y esté, tan signada por la lectura.

—¿Qué importancia tuvo la Escuela en tu formación como lector?¿Qué clase de Educación Pública conociste?

        —Hay una visión romántica de la escuela pública que yo sigo sosteniendo. De ahí que mi respuesta a tu pregunta es necesariamente que sí tuvo importancia, sin duda. Por lo menos hasta mi generación, casi todos los argentinos fuimos formados por la escuela pública basada en la concepción de la educación pública de la Ley 1420. O sea la educación inspirada en y por Sarmiento, quien a pesar de las barbaridades que en algún momento dijo, y a pesar de lo impulsivo, temperamental y cabrón que parece que era, yo no tengo dudas de que su pensamiento está muy por encima de todo eso. La grandeza de Sarmiento está en que él imaginó, ideó y organizó una educación pública que debía formar una nación por generaciones, y que duró más de cien años. La Argentina fue antes un Estado que una Nación y él inventó un sistema de instrucción pública obligatorio, universal y gratuito, que era igualador, integrador y asimilador de las diferencias, y por lo tanto, profundamente democrático. De esto no tengo ninguna duda.

        Ésa fue la educación pública que conocí y que tanto lamento que haya sido abandonada. Los argentinos lo estamos pagando. Pero también estamos ante la oportunidad cierta de recuperar lo mejor de aquel sistema. Porque obviamente no era perfecto, toda vez que también es cierto que en esa misma escuela pública se educaron Videla, Massera, Galtieri y muchos represores. Quiere decir, entonces, que una cosa es la educación pública igualadora y democrática, y otra es cierta concepción autoritaria que también tuvieron muchos docentes argentinos y sobre la cual es fundamental reflexionar.

Hoy en día tanto en el ministerio de educación de la nación como en muchos ministerios de provincia, se discute la importancia del tema de la autoridad. Hoy muchos se preguntan cómo recuperar el principio de autoridad en la escuela, y cómo restablecer valores y jerarquías.

        Este me parece que es un problema central de la educación en la Argentina: se perdió el principio de autoridad, el principio de jerarquía, que según como se mire puede ser profundamente democrático o elitista, pero entonces y por eso mismo debe ser orientado hacia la igualdad de oportunidades, la decencia y el esfuerzo creativo. Yo creo que ahí es donde falló la escuela pública argentina, porque estableció principios de jerarquía y de autoridad que fueron semillas de autoritarismo. Pero del autoritarismo no pasamos a un ponderado sistema de valores democráticos, en los que la verdadera autoridad es la del saber y el conocimiento, como debe ser en una comunidad educativa. No, nosotros pasamos del autoritarismo de la dictadura a esta especie de libertinaje seudo-democratista que hay hoy, en el que los verdaderos dictadores de la escuela pública y privada son los papás y las mamás que sobreprotegen a los hijos y desautorizan a los maestros y profesores.

        Me acuerdo que yo estudiaba Derecho en la UNNE, en el año 65 o 66, y siendo un estudiante como cualquier otro, que aprobaba sus materias normalmente y sin grandes calificaciones, pero que nunca era bochado, de pronto me trabó la carrera un profesor muy oligárquico, de apellido Alsina Atienza, que venía de la UBA y de la Universidad de La Plata una vez por semana a darnos clases de Derecho Civil II. Bueno, a mí ese tipo me bochó siete veces, porque yo era militante y una vez, según él, le falté el respeto. Llegué a ser una autoridad en la materia, y preparé a toda una generación de abogados chaqueños, que aprobaban la materia mientras yo era reprobado una y otra vez. Finalmente la aprobé, pero durante un año y medio estuve trabado en mi carrera por este hombre.

        Evoco el caso porque en aquel entonces uno no podía hacer nada, ahí había un discurso claramente autoritario y un estudiante no podía hacer nada. Y por supuesto, en mi familia nadie se metió en el asunto. Hoy, en cambio, supongo que yo iría a un centro de estudiantes, armaría un quilombo mediático, le haríamos un escrache al tipo sacándole trapitos al sol porque seguramente fue colaborador de alguna dictadura, mis viejos y toda mi familia irían a putear al profe y enseguida yo tendría una cátedra paralela en la cual aprobar la materia. Y bueno, yo no sé cuál es la solución pero seguro no es aquella ni la actual.

—Pasamos de la Lectura a la problemática de la Educación. ¿Quiere decir que para vos el fomento de la lectura está vinculado a la mejora de la instrucción pública?

        —Sí, claro, hay una relación vinculante. Porque la pregunta que me hago es: ¿aquella educación autoritaria estimulaba la lectura; o la estimula más el actual sistema de “libertad” y “respseto al educando”, preñado de psicologismos e hipocresía? Y la respuesta a esa duda es muy difícil, yo no la tengo totalmente formulada, pero el asunto es inquietante.

        Pensemos ahora no ya en la universidad sino en la escuela. Vemos permanentemente la denuncia contra el autoritarismo del profe que les pega a los chicos o se abusa de ellos, pero vemos también tantos casos en que los padres, organizadamente, cuestionan a los docentes y son capaces hasta de hacerlos echar. Habría que hacerles a todos ellos, digo yo, un estudio sobre la capacidad intelectual y la preparación, tanto de los docentes como de los que critican a los docentes. Porque a mí me parece una barbaridad que se quite responsabilidad a los docentes, pero también lo es que se la auto-atribuyan los padres. Los padres tienen responsabilidad en la casa y el barrio, pero en la escuela la responsabilidad —y por consiguiente la autoridad— es del sistema, y al sistema lo encarnan los docentes.

Vamos, mis viejos eran duros para educar y eran muy rígidos, pero si yo traía una mala nota, o me encajaban amonestaciones, jamás se les hubiera ocurrido ir a quejarse al escuela. Y yo, además, me hubiese muerto de vergüenza.

        Por eso creo que Sarmiento fue un grande, y creo que tuvimos una gran educación pública argentina pero también me parece que el factor donde empezó el deterioro fue en el principio de autoridad. Que se vincula con la lectura, por supuesto. Porque a leer no se puede obligar. No se ordena leer, no se puede normativizar más allá de la hora diaria de lectura, como había antes. Y entonces, ahí mismo se cuestiona el principio de autoridad. ¿Qué hacer frente a un aula llena de pequeños vándalos que no leen? ¿Cómo orientarlos, cómo ganarlos para la causa? Éste es uno de los grandes desafíos de lo que yo llamo la Nueva Pedagogía de la Lectura. Que debe enmarcarse en algo que todavía falta en la Argentina, y es gravísimo: una Política de Estado de Lectura que consagre, en primer lugar, el Derecho a la Lectura.

—¿O sea que este Derecho a la Lectura tendría un papel en las necesarias nuevas reformas educativas? ¿Es eso realmente posible?

        —Bueno, lo primero que hay que decir es que esta problemática de la autoridad en la educación en realidad tiene que ver con la sociedad argentina toda. En la medida en que de la autoridad se apropiaron los autoritarios, es imprescindible una toma de conciencia para revertirlo. Y por supuesto que en una eventual Política de Estado de Lectura esto también tendrá que ser tenido en cuenta.

        El desastre empezó, por lo menos, desde que tuvimos a un nazi como Martínez Zuviría en el Ministerio de Educación y como director de la Biblioteca Nacional. Y continuó en el último período democrático previo a la dictadura, con la dupla fascista formada por Ivanissevich ministro de Educación y Ottalagano rector de la UBA. Cuando vos tenés ese grado de autoritarismo y lo padecés durante mucho tiempo, las consecuencias son nefastas. Y todo esto culmina en el menemismo con la Ley Federal de Educación. Con lo que estamos hablando de décadas enteras de disolución de lo mejor de aquella educación sarmientina, proceso perverso que también se llevó puesta a la lectura. Y ésta es una factura que hay que pasársela indefectiblemente al peronismo, que en Educación siempre estuvo regido por principios muy autoritarios.

        Pero entonces la pregunta sería: ¿cuál es la educación pública que queremos? ¿Cuál es la que quiere, por ejemplo, CTERA? ¿Cuál es la que verdaderamente quieren los docentes? Creo que esta es una cuestión que no está en debate, en verdadero debate, y en realidad es parte sustantiva de una problemática grave que tenemos los argentinos con la educación pública. Por eso decía al comienzo que hay una visión romántica que yo recupero sin ninguna duda, pero ojo con idealizar lo que también produjo a todos nuestros dictadores. Y cuando hablo de dictadura no me refiero solamente a la última, sino al largo período autoritario y militarista que arrancó en 1930, y que con algunas primaveras democráticas en el medio, se prolongó por 53 años, hasta el 83.

        Y es que mientras nuestra historia transitaba por ese continuismo autoritario, muchos cambios que se iban haciendo a nivel pedagógico tenían que ver con las llamadas ciencias de la educación, disciplina que en nuestro país se nutrió de pedagogías importadas que resultaban inadecuadas e intransferibles a la escuela argentina. Desde luego que la calidad de “importadas” no tiene nada de malo, pero sí fue malo que se hiciera una importación estúpida. Que produjo, en vez de un cambio positivo, la adopción de una cantidad de modalidades dizque “modernas” cuyos resultados estamos hoy pagando. Y a la vez profundizó la distorsión de los principios de jerarquía y de autoridad, aunque todo disfrazado de “modernidad”. En lo esencial, el cambio que se fue realizando consistió más bien en la aceptación de modas pedagógicas que acabaron convirtiendo al placer de la lectura en un trabajo pesado. Y el resultado está dramáticamente a la vista. Hoy vivimos en un país que por años no supo cuánto analfabetismo tenía. No hubo índices confiables sobre el analfabetismo en la Argentina en los últimos 30 años. Apenas ahora el INDEC está ofreciendo algunas estimaciones.

        Todo esto es gravísimo porque nos condena a la peor de las ignorancias, que es la ignorancia de que somos ignorantes.

—¿Y cómo se relacionaría la Lectura con las nuevas tecnologías, en el marco de una posible nueva reforma educativa?

        —Bueno, me parece que para establecerlo primero habría que corregir el papel mismo del Estado en la educación, y por ende en la lectura. Porque a la vista de los resultados, y de cómo estamos, queda claro también que todo es consecuencia de la distorsión, o anulación, de las políticas públicas. Y en este sentido las nuevas tecnologías no es verdad que son, en sí mismas, la panacea. A toda nueva tecnología hay que considerarla, y aplicarla, según las necesidades verdaderas y concretas de una sociedad determinada. Y es indispensable despojar su aplicación (o sea la compra de equipos y todo lo que conlleva) de los seguros intereses económicos de los proveedores, fuente de corrupción más que previsible y que debe ser acotada.

        Hay que ver, entonces, también las nuevas tecnologías a la luz del resultado. Y en la educación pública argentina tenemos que ser muy suspicaces en esta materia porque, digamos, el chico promedio que hoy sale de cuarto o quinto grado de primaria, comparado con el que salía de cuarto o quinto grado de primaria en los años 50, o en los años 30, es hoy intelectualmente mucho más pobre que aquél, en el sentido de que posee muchos menos conocimientos. Tiene más información, es cierto, y es mucho más despierto, no usa pantalones cortos, sabe navegar en internet y tiene una viveza criolla hiperdesarrollada. Pero yo creo que, en general, es definitivamente más ignorante que el otro, y además tiene enormes dificultades para pensar. Y encima se le ha inculcado una ética muy flojita, inficionada de dobles discursos. Y minga de sentido del esfuerzo, del deber y de la responsabilidad individual y social. Son máquinas de alguna manera sobreestimuladas: basta mirar los videojuegos y observar el vínculo que tienen hoy los jóvenes con la violencia. Eso está estudiado, hay estadísticas. Es impresionante pensar en las decenas de muertes violentas que los chicos de ahora ven cada día.

        Todo esto, me parece evidente, es producto de la gran defección del estado. Se han perdido los rumbos, las orientaciones, los controles, todo aquello, digo, que llevaría a una autoridad responsable y armónica, en libertad idem.

—El problema de la violencia parece ir agudizándose en la escuela…

        —Sin dudas, pero también hay que decir que es un fenómeno mundial. Entre nosotros ya asume características graves, en mi opinión mucho más que lo que habitualmente se reconoce. Y esto tiene que ver, obviamente, con lo que decía antes: la crisis de la autoridad; el traspaso del autoritarismo a una libertad sin responsabilidad, que ha puesto en la picota toda la escala de los valores.

        Ahora bien, lo que nos toca es pensar con quién, para qué y cómo vamos a resolver estos problemas concretos que afectan a la escuela pública, porque si pudiéramos decir que la violencia es producida sólo por la tele; o por la pura pobreza; o por la escuela privada o la sobreprotección paterna, todo sería facilísimo. Pero no es así. No podemos decir que la ignorancia y la no lectura son producto de una sola variante. De igual modo que no podemos colocar el problema fuera de nosotros, los ciudadanos de esta república que hemos votado tan reiteradamente a nuestros verdugos.

        Y tampoco podemos decir que el fenómeno aqueja solamente a la escuela pública, pero hay que reconocer que en la escuela privada se da menos. Y esto es también producto de la defección del estado. Porque ha sido el estado, al apartarse, el que abandonó lo público para inclinarse a lo privado de una manera poco afortunada. Se da incluso la paradoja de que tenemos un estado que ha ido fomentando la educación privada en desmedro de la pública. Lo cual me parece dramático y es elitista, clasista y racista. No tengo nada en contra de la educación privada, pero siempre y cuando sea subsidiaria de la educación pública y no dependa de ella sino que la complemente, y eso con las reglas del mercado, que es lo que tanto aman los privatistas.

        En mis tiempos, hace cuarenta años, cuando yo estaba en la primaria, los chicos que iban a la escuela privada eran en cierto modo una vergüenza. Ahí iban a parar los burros, iban los que no podían pasar de grado, los repitentes, o sea los que tenían que pagar para aprobar. Me acuerdo que los papás de varios de mis amigos que eran muy vagos, cuando ellos repetían dos o tres veces, los condenaban a ir al colegio Don Bosco o los mandaban al liceo militar en Santa Fe. De modo que no sólo tenían que pagar para que los pibes pudieran aprobar, sino que además querían para ellos, y asumían, una educación autoritaria.

Desdichadamente hoy, aunque me quisiera morder la lengua antes de decir esto, muchas veces hay que reconocer que las mejores escuelas privadas son mejores que las mejores escuelas públicas. Y a eso tenemos que asumirlo con dolor, pero a la vez disponernos con toda urgencia a modificarlo. El Estado debe recuperar su rol orientador y dedicar todo su esfuerzo y presupuesto a la recuperación de la educación pública masiva, gratuita, obligatoria e igualadora socialmente. No hay otro camino para amenguar la violencia.

—Sos escritor y periodista desde hace más de treinta años. ¿Qué vinculaciones se establecen entre las lecturas del escritor y las del periodista? ¿Se trata de dos modos distintos de leer?

        —Absolutamente sí. Yo siempre empezaba las clases, cada año, diciéndole a mis alumnos: “Si ustedes pretenden periodistizar la literatura o literaturizar el periodismo, están jodidos desde el vamos”. Hay dos enormes diferencias, abismales, entre ambos códigos. El código periodístico está para trabajar por la verdad. Que lo haga o no después se verá, pero está para trabajar con la realidad y por la verdad. En cambio el código literario está para trabajar con la fantasía, con la imaginación, con la mentira literaria. La verdad le hace daño a la literatura, como la mentira arruina al periodismo.

        Y la segunda diferencia es el tiempo: el periodismo se ocupa siempre de la emergencia, analiza el hoy para mañana y para ello debe trabajar a toda velocidad; y lógicamente la velocidad determina la calidad del texto. En cambio con la literatura sucede todo lo contrario: el texto literario requiere y exige mucho tiempo de maduración; demanda revisión constante, pulido, reescritura, y avanza palabra a palabra, ponderando y sintetizando. El texto hecho a todo vapor, en literatura se nota y es inexorablemente de mala calidad.

        Entonces, así como estos dos factores tienen que ver con la escritura, yo digo que también tienen que ver con la lectura. En mi caso, leo dos o tres diarios nacionales por día, que recorro por internet todas las mañanas. Mínimamente Página 12, Clarín y La Nación, y entre los locales, Norte y Primera Línea. Son cinco diarios a los que yo les echo por lo menos un ojo, una repasadita. Mi primera media hora, mis primeros cuarenta minutos del día están dedicados a esa lectura periodística. Como casi no veo televisión, soy una persona que se informa a través de los diarios. Esa lectura para mí es vital: me permite estar ubicado en el mundo, formar criterios y además me sirve para mi trabajo como periodista.

Sin embargo mi última lectura de cada día, indefectiblemente, es un libro. A veces me quedo dormido con él en la mano porque estoy fundido, a veces leo dos páginas, a veces cincuenta y a veces me liquido el libro completo.

        De modo que es como si yo tuviera dos horas de lectura diarias. Una primera hora de lectura informativa que tiene la misma velocidad, utilidad y vigencia efímera de ese tipo de lectura, y una segunda hora, la de la noche, que tiene más que ver con lo formativo, lo espiritual, lo sensible y el conocimiento.

—Como intelectual una de tus preocupaciones centrales siempre fue el estado social de la lectura en la Argentina. Desde hace por lo menos dos décadas te has convertido en uno de los referentes fundamentales de la promoción de la lectura en el país. ¿Qué circunstancias sociales y personales te llevaron a asumir una política cultural tan decidida? ¿La experiencia de la revista Puro Cuento es el punto de partida de esa política de promoción?

        —Comienzo por el final de la pregunta: sí, sin dudas yo empecé todo esto con Puro Cuento. Ahora, ¿por qué lo hice? La verdad que no lo sé con precisión. Quizá por esa memoria de mi vieja, de mi familia… Lo que sé es que cuando volví de México, en el año 84, tenía treinta y pico de años y estaba contento porque además de mi regreso en ese año Luna caliente acá fue un best-seller. En esa época se leía mucho más que ahora, y en ese año además volvieron Soriano, Constantini, Orgambide y tantos más, y para mí, que era muy joven, eso era una maravilla: te encontrabas de vuelta en el país, había un montonazo de esperanzas y encima reconocimiento.

        La primera Feria del Libro a la que yo fui, fue una experiencia extraordinaria. Yo no sabía este tema de la lectura, la verdad es que no me lo planteaba como un problema. Pero sí me planteé que quería contribuir intelectualmente a la flamante democracia y quería participar de la reconstrucción en tanto intelectual. Yo había vuelto para hacer política, de hecho hice política todos los años antes del exilio y durante el exilio, es decir, soy un animal político por lo menos desde los 14 o 15 años y siempre creí que la democracia es el marco que ofrece todas las posibilidades.

        Yo era militante peronista, afiliado al PJ desde muchacho, a comienzos de los 70. Pertenezco a la generación que luchó por el regreso de Perón. Pero el primer golpe duro lo tuve en México antes del 30 de octubre del 83. Ahí me di cuenta de que, aunque en el exilio no votábamos, de haber estado en la Argentina no hubiera votado al peronismo. Ahí empecé a sentir el conflicto entre la disciplina partidaria y mis convicciones más profundas. Después aprendería que la lucha por la coherencia interna es tremenda, y que uno, como intelectual, no debe claudicar, pero en aquel momento simplemente me pregunté: ¿si estuviera en la Argentina yo votaría a Lúder, a Herminio Iglesias? No, me dije, yo votaría a Alfonsín. Entonces me di cuenta de que toda mi identidad peronista tambaleaba, pero yo no podía seguir sosteniendo las ideas de un partido que, por generaciones, ha obligado a miles de militantes a votar en contra de lo que pensaban.

        Y cuando volví, acá el peronismo era un desastre: no sólo había sido derrotado gracias a Herminio y a toda esa runfla, sino que era evidente que Herminio era sólo una circunstancia, y que en el peronismo esa circunstancia es constante llámese como se llame. Y hoy se llama, por ejemplo, Luis Barrionuevo, pero sigue siendo parte intrínseca de un problema mucho más grave. En aquel año 84 se armó un grupo de intelectuales entre los que estaban Chacho Álvarez, Adriana Puiggrós, Mario Wainfeld, José Pablo Feinmann, Jorge Bernetti y Carlos Trillo, entre otros. Hicimos una serie de reuniones porque no creíamos en la renovación del justicialismo que entonces se pregonaba. Y elaboramos un documento de ruptura que denunciaba las permanentes prácticas antidemocráticas al interior del peronismo y recuperaba el derecho de los intectuales a pronunciarnos con independencia. Algunos a último momento decidieron no firmar (tal el caso de Chacho) pero otros tuvimos una mayor decisión y firmamos aquel documento que fue un pronunciamiento que todavía hoy juzgo ejemplar. Fuimos treinta y cuatro intelectuales que renunciamos al partido.

        Esto que te cuento empezó en el 84 y terminó en el 85, que fue un año difícil y muy complejo. De aquel grupo, cada uno hizo su camino: algunos se arrepintieron y volvieron enseguida al PJ; alguno dijo que no había firmado lo que sí había firmado; otros nunca se alejaron del todo y se tomaron años para volver; otros nos fuimos para siempre. Ese documento, que se tituló “Por qué nos vamos”, me produjo una gran liberación. De repente me encontraba, a los treinta y pico de años, como si me hubiese sacado un corsé. Ahora a mi pensamiento lo sentía realmente mío, y recuerdo que me dije: ahora pienso lo que se me da la gana, no soy orgánico de nada; ahora digo lo que pienso porque lo pienso, y actúo como pienso y digo. Fue fantástico, porque empecé a darme cuenta de que un intelectual orgánico, un intelectual atado a un partido, en realidad está atado a pensar de acuerdo a lo que el partido autoriza, a lo que conviene o no conviene, a la estrategia o a la táctica.

Me sentí intelectualmente libre y a partir de ahí, creo, mi planteo fue: ¿y ahora cómo participo, qué hago? Porque nunca fui un converso, no me pasé a otro partido, jamás volví a afiliarme a ninguno. Me quedé solo. En ese entonces escribía artículos en revistas de la editorial Perfil y colaboré mucho en el matutino La Razón, de Jacobo Timerman. Escribí varios artículos, me sentía bien ahí. Pero estaba buscando un lugar, no para afiliarme pero sí un punto de referencia, porque yo creo que uno siempre necesita referenciarse en algo. Por esos días era la investigación de la CONADEP y el juicio a los comandantes, y en Perfil hicieron una publicación que hoy es histórica: el Diario del Juicio y ahí también colaboré.

Y ahora supongo que fue en esos dos años que parí la idea de abrir un medio independiente, propio, y literario. No fue algo que premedité, la verdad es que todo se fue dando y hoy estoy convencido de que así fue mi vida en los últimos veinte años: un tipo independiente que procura ser coherente, nada más.

        La revista nació en el 86. A principios de ese año me fui de editorial Perfil. Me acogí a un programa de retiro voluntario y de pronto me encontré con unos mangos, sin laburo y sin más planes que seguir escribiendo. Entonces me puse a hacer cuentas. Y ahí fue que inventé Puro Cuento con Silvia Itkin, que era mi pareja, una mujer por la cual siento mucho respeto. Con ella armamos la propuesta y la revista empezó un camino que para nosotros era sorprendente. La financié con aquel dinero, creo que eran algo así como 5.000 dólares de ahora. Recuerdo que todavía existían las linotipo, así que íbamos a corregir nosotros mismos al taller y nos ensuciábamos con plomos y tintas; era muy romántico, muy hermoso, y así salió Puro Cuento. Que después se fue convirtiendo en una pequeña empresita: alquilábamos un departamento chiquito, allá en Buenos Aires, e inmediatamente inventamos la Fundación Puro Cuento, la primera Fundación de mi vida porque ya entonces yo creía que una ONG era la forma institucional apropiada, el modelo jurídico que debía adoptarse para un proyecto cultural. Porque, contrariamente incluso a lo que hoy se cree y es moda, yo sigo pensando que la cultura no es una industria, no es Cultura S.A. o Cultura S.R.L. Y el sentido y la misión que le dimos a esa primera Fundación fue promocionar la lectura. Y entonces creamos algunas bibliotecas, lanzamos una primera campaña de promoción de la lectura y hasta promovimos la primera Encuesta Nacional de Lectura, entre el 90 y el 91.

—¿Había antecedentes en la Argentina de una encuesta de esa naturaleza, Mempo?

        —No, que yo sepa no, todo empezó ahí. En el 87 le pedí a Menchi Sábat el dibujo que sigue siendo hoy nuestro símbolo, el que representa Leer abre los ojos. Inmediatamente hicimos el primer afiche de la Fundación Puro Cuento. Se lo puede ver ya en cualquier página de la revista. Y años después, cuando ya teníamos esta otra Fundación, Sábat volvió a autorizarnos el uso del dibujo. Y enseguida hicimos un primer programita de promoción de la lectura, con la colaboración de unas amigas cuenta cuentos. Fundamos varias bibliotecas en el Nordeste, a partir del pedido de lectores de Puro Cuento. Yo estuve, en Puerto Iguazú, un par de días muy emocionantes, armando una biblioteca con gente del pueblo. Y por aquel tiempo escribí una especie de decálogo del nuevo bibliotecario, que publicamos en la revista. Planteábamos que el bibliotecario no debe ser esa especie de policía intermediario entre el libro y el lector; promovíamos permitir el contacto directo con el libro y que las bibliotecas fuesen espacios abiertos donde los lectores pudieran tocar los libros y hacer lo que se les diese la gana.

—Y luego generás, ya en Resistencia, en plena década del ’90, la propuesta del Primer Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura. ¿Cuáles fueron las ideas movilizadoras que hicieron posible esa experiencia?

        —En el 92 nos fundimos, económicamente hablando. Como a miles de otras pequeñas empresas, entre Erman González y Domingo Cavallo nos hicieron bolsa. En menos de un año, entre el primer corralito y el uno a uno que disparó una inflación oculta pero en dólares, no pudimos sobrevivir. Así que cerramos todo: la revista y la Fundación. Tuve que vender un departamento para pagar las deudas y cerré todo sin un solo juicio pendiente. Anduve un tiempo muy deprimido, claro, y fue por eso que decidí volver al Chaco en el 94. Y ahí empezó la otra historia.

        Entre el 94 y el 95 yo había participado de algunos encuentros y congresos de fomento del libro y la lectura en otros países, y me había dado cuenta de que también en esa materia el atraso de la Argentian era fenomenal. Aquí no había la menor conciencia de la importancia de la promoción de la lectura, ni mucho menos había conciencia de cómo habíamos retrocedido. Pero en Venezuela, en México y en Chile yo veía que había gente trabajando en esto, y era gente muy seria. Hacia fines del 94, o principios del 95, participé de un encuentro en Santiado de Chile y pensé “qué bueno esto que están haciendo; nosotros tendríamos que hacer algo similar”. Ahí me di cuenta de que el camino pasaba por empezar a pensar, por lo menos, la promoción y el fomento del libro y la lectura. En ese entonces en la UNNE me pidieron que pronunciara el discurso de apertura del Congreso de Literatura Argentina que se hizo aquí en el 95, en el Aula Magna. Ésa fue la primera vez que escribí un texto acerca de la problemática de la lectura en la Argentina. Tenía muchos apuntes y notas que había escrito en Puro Cuento, pero esa fue la primera vez que pude sistematizar ideas sobre el problema de la lectura. Aquel texto gustó mucho, y ni bien terminé, el rector de la UNNE, que en ese entonces era el Dr. Adolfo Torres, se acercó a saludarme y me preguntó qué podía hacer la Universidad por la lectura. “Yo recojo el guante —me dijo—, dígame qué hacemos”. Y entonces le propuse hacer el primer Foro. Él aceptó que la UNNE lo financiara y así empecé a trabajar en el 95 para el primer Foro que se hizo al año siguiente. Ahí se formó un primer equipo, con el que seguimos trabajando con la UNNE hasta el 99, año en el cual nos independizamos, ya con la forma jurídica actual de nuestra Fundación.

—¿Cuál fue la respuesta del público ante la convocatoria de los foros de esa primer etapa?

        —Fue una respuesta impresionante. Aquellos foros eran muy grandes. Durante los primeros dos que se hicieron en el Aula Magna de la UNNE el público colmó las 800 butacas. Desde el tercer foro y hasta el sexto, lo hicimos en el Domo del Centenario, una especie de centro municipal de espectáculos en el que caben más de 2.000 personas, y lo llenamos cada año entre 1998 y 2001.

        Después viene la historia más reciente, la más conocida. Con la crisis de 2001 tuvimos que achicarnos, como todos en la Argentina. Pero encontramos un nuevo escenario, mucho más adecuado: el Teatro Guido Miranda, que es un orgullo de la ciudad de Resistencia. Allí hicimos los tres últimos foros, a sala llena y con cerca de mil participantes por año.

—¿Cuáles son las principales líneas de acción, áreas y programas de la Fundación?

        —La misión específica que nos dimos, desde el inicio, fue obviamente el fomento de la lectura, que era lo que veníamos haciendo desde siempre, incluso desde que comenzamos los foros. De hecho el primer capital que tuvo la Fundación fue mi biblioteca personal, que doné explícitamente a la institución. Claro que demoré un poco en darle la forma jurídica que tiene ahora porque yo tenía la experiencia de la primera fundación y no quería que fuese igual porque la revista Puro Cuento ya no existía. Pero además sentía algo de pudor por iniciar una institución que llevara mi nombre. No soy un hombre de fortuna sino un laburante, como lo fui toda mi vida, y sé que vivo en un país donde todo está bajo sospecha y cualquiera puede pensar que uno hace una fundación para su autobombo. En este país de suspicaces, es raro que un intelectual abra una Fundación y la llame, en vida, con su nombre. Pero bueno, el nombre que uno tiene, para bien o para mal, es una marca, un sello de identidad. Y en aquel entonces yo no estaba seguro de con quiénes podría contar en una proyección de tiempo que incluyera el mediano y largo plazo. Yo quiero mucho a quienes me acompañaban, pero todo giraba en torno a mi persona. Y me terminó de convencer un abogado que me dijo que de todos modos iban a surgir las clásicas preguntas argentinas:¿quién está detrás de esto?, ¿quién lo banca a este tipo? Y como además para hacer una Fundación había que poner plata, y de entrada me encontré con que el único que la ponía era yo, pues la única manera de evitar suspicacias, me dijo, es asumir que sos vos, ser transparente y que cada quien piense lo que quiera.

        Bueno, y a partir de ahí nació esta Fundación que de entrada tuvo la misión de continuar organizando los Foros, que fueron los que le dieron nacimiento. Pero también nos planteamos expandirnos hacia otras posibilidades: desarrollar una pedagogía de la lectura, que era el fin compartido desde muchos años atrás con María Azucena Villoldo y María del Carmen MacDonald, que fueron mis dos brazos derechos en el inicio, y más adelante y con la incorporación de otras personas, en el campo de la didáctica de la literatura y otras disciplinas que hacen al perfeccionamiento y la actualización de los docentes chaqueños.

Otra de las líneas de acción fue y es el rescate de algunas figuras lliterarias del Chaco y del Nordeste, como cuestión estratégica para terminar con el amuchamiento demagógico, porque en literatura, y en lectura, de lo que se trata es de distinguir lo bueno de lo mediocre. No es lo cuantitativo lo que determina la calidad textual de una provincia o región, sino la especificidad que son las obras de la gente más valiosa: de ahí que nosotros resaltamos a personalidades literarias como nuestro historiador Guido Miranda, el filosófo y poeta Eduardo Fracchia, o el gran poeta que fue Alfredo Veiravé. Cuando en cualquier sociedad provinciana hay tantos voluntariosos escribidores como hay en el Chaco, esto entraña un riesgo, que yo creo que vale la pena asumir.

        Teníamos además la idea de hacer una labor cultural en el sentido más amplio, abarcando toda la región fronteriza del Nordeste. Y entonces creamos enseguida el Centro de Altos Estudios Literarios y Sociales, que es nuestro espacio de trabajo académico. Desde allí firmamos acuerdos y lanzamos los Seminarios de Literatura Argentina, mediante un convenio con la Universidad de Virginia, de los Estados Unidos, que fue una propuesta que traje de allá, muy interesante y original porque se trata de una experiencia de posgrado que convoca a una veintena de profesores de letras, escritores y académicos de Europa, América Latina y nuestro país, quienes asisten durante tres semanas a las clases que dictan escritores e intelectuales argentinos de primerísimo nivel, y debaten tanto las problemáticas de nuestra literatura como el proceso de la creación. Es un convivio intensivo que se organiza desde hace cinco años y es una maravilla.

        Creíamos y creemos que todo esto contribuye a desarrollar la cultura de nuestro medio, a ver las cosas desde otro lugar. Después, de un viaje que hice a Austria traje el Otoño de las Artes, que allá es un clásico. Me encantó la idea y aquí montamos lo que llamamos el Otoño Literario y de Pensamiento en el Chaco, y que consiste en ciclos de conferencias abiertas y gratuitas. Después dijimos que si teníamos otoño, bien podíamos tener una primavera literaria y la dedicamos a los chicos, a la literatura infantil. Y en el 2000 se me ocurrió lo de las Abuelas, que es una idea que traje de Alemania, donde vi a unas ancianas que iban todos los días a un hospital a leerles cuentos a los enfermos terminales. Entonces me dije: si hay abuelas que pueden hacer eso, cómo no vamos a pedirles que les lean cuentos a los chicos del Chaco. Y a partir de ahí nació nuestro Programa de Abuelas Cuenta Cuentos, que en realidad son abuelas lectoras y son hoy un emblema de la Fundación.

        O sea que muchas de estas cosas tienen que ver con mis viajes, con las experiencias e ideas que he ido encontrando. Siempre traté de encontrar el modo de adaptarlas, de darles acá una perspectiva propia, y por suerte hemos ido encontrando también gente que se enganchó con cada proyecto.

        Finalmente, después de la crisis de diciembre de 2001 surgió la necesidad de hacer algo concreto frente a la dramática situación que planteó el estallido del hambre y la desnutrición de miles de niños. Primero improvisamos una especie de reparto de comida, juntamos alimentos, nos pusimos en una plaza e hicimos una olla popular. Luego pensamos que eso no era gran cosa y que debíamos sistematizar lo que estábamos haciendo, y así nació el Programa de Asistencia a Comedores Infantiles que hoy da leche de primera calidad todos los días a mås de 600 chicos. Y el año pasado inauguramos el Instituto de Investigaciones Literarias “Juan Filloy” y ahora estamos embarcados en la recuperación de un viejo edificio policial que la Provincia del Chaco nos cedió en comodato, y donde ya estamos funcionando precariamente.

¿De qué se trata la “Nueva Pedagogía de la Lectura”?

        —De formar a los futuros formadores de lectores, para lo cual venimos gestando una nueva preceptiva, que en este campo no existía. Trabajamos para crear y organizar una bibliografía que estimule, oriente y defina a los formadores de lectores. Y desarrollamos estrategias de lectura que sirvan tanto a nuestras abuelas como a los docentes, bibliotecarios y cualesquiera otras personas. Porque la lectura es, para nosotros, un acto de amor, solidaridad, pasión, ganas y tiempo, y todo eso debe ser combinado de manera que incite, estimule, atraiga y afiance a los que están en la oscuridad textual.

        Yo digo que esta pedagogía es algo que estamos haciendo, porque desde hace años traemos conocimiento y experiencias. Es impresionante todo el saber que trajimos al Chaco, y al Nordeste, en estos años. Hemos traído más de 300 invitados que vinieron a nuestros foros, gente de un montón de países, bibliotecarios, semiólogos, lingüistas, pedagogos, académicos, escritores, investigadores, poetas, narradores. Nuestro método consistió en ponerlos a pensar a todos ellos alrededor de esta temática, cambiando el lema de cada Foro, la problemática a discutir en cada mesa, proponiendo talleres. Y así, entre todos, fuimos organizando esta Pedagogía de la Lectura, cuya preceptiva está en los cinco libros que llevamos publicado con las ponencias de los foros, un sexto que viene ahora, y otros libros que tenemos en carpeta, investigaciones en marcha, la experiencia de las Abuelas debidamente registrada, en fin... Ahí está la Pedagogía de la Lectura. Si vos querés saber cómo se forma un lector, bueno, leé todo eso que ahí tenés una cantera de ideas que es un lujo.

        No sé si se nota, pero éste es uno de los grandes orgullos que tengo en mi vida. Quizás nunca estaré orgulloso de un cuento o una novela que yo haya escrito, pero de esto estoy absolutamente orgulloso. No es un mérito exclusivo mío, pero sé que soy responsable de haber disparado todo esto.

—En la apertura del 7º Foro, hace dos años, hablabas de “La lectura en la emergencia y la emergencia de la lectura en un país al borde de la disolución”. ¿Cómo recordás hoy ese momento?

        —Parece mentira: es como si hubieran pasado veinte años pero sí, fue ahí nomás, hace dos años. ¿Y cómo evocar aquello? No sé, creo que no me equivoqué en definir aquel momento como de emergencia de la lectura y de una lectura de emergencia, porque definir eso para mí era definir la emergencia que vivía el país. Estoy absolutamente convencido de que el problema de la Argentina y de América Latina, y de todos los pueblos periféricos, explotados y embrutecidos del mundo, no es solamente que les falta pan, sino que también les falta lectura. Recuerdo una idea que una vez leí de la Madre Teresa de Calcuta: “El hambre de los niños no es sólo de pan, sino también de amor”. Parafraseándola, nosotros podemos decir que el hambre de los niños no es sólo de pan sino también de lectura. Y es que amor y lectura van de la mano, son una misma cosa.

El recuerdo personal que más conservo de aquella emergencia nacional tan grave, es que sentí realmente, como algo físico y aterrador, que estábamos al borde de la disolución. Fue la primera vez que sentí que la Argentina podía desaparecer como entidad, como nación inclusive. Es decir, creí entrever un país totalmente fragmentado y segmentado. De repente imaginé la escisión —que en la Argentina por suerte no ha prosperado— de la Patagonia, de los cuyanos asociándose a Chile, de los norteños a Bolivia, nosotros como una especie de pancomunidad nordestina con el sur de Brasil y el Paraguay. Imaginé la consagración del viejo sueño unitario de la Argentina sintetizada solamente en la Provincia de Buenos Aires. Por primera vez vi que todo eso era posible, e intuí que había muchos sectores que querían realmente ese tipo de fragmentación.

        Y no me parece ciencia ficción, aún hoy. De hecho la emergencia nacional no ha terminado. La extranjerización de las tierras en este país es un hecho gravísimo y cotidiano que nuestras dirigencias parecen no advertir.

—Hace poco, en agosto pasado, concluyó el 9ª Foro por el Fomento del Libro y la Lectura. A nueve años de su lanzamiento, ¿cuál es tu balance personal sobre el impacto de los Foros?

        —Ampliamente positivo, sin dudas. De lo contrario, no podría sentir este orgullo por el generoso equipo que me acompaña y por todo lo hecho. Alrededor de la Fundación, de los foros anuales y de todas y cada una de nuestras actividades, se congregan prácticamente unas 200 personas que de diversas maneras están vinculadas a nosotros con una energía extraordinaria. Yo siento que los Foros han sido posiblemente el disparador, el punto de partida. Y han significado una enorme contribución socio-cultural en muchos sentidos, no sólo porque de aquí salieron más de trescientas ponencias, artículos y todo lo que está publicado, sino porque además prestigiamos la lectura como nunca se había hecho antes. Hoy la sociedad chaqueña está orgullosa de los foros, y creo que es un sentimiento que se ha extendido ya a buena parte del país. Y además este año, por primera vez, sentí que hay un orgullo colectivo en el Chaco. El Foro es nuestro, dicen, como las esculturas son nuestras. Y ese prestigio social extraordinario no es mío, ni de la Fundación, es de la lectura. Porque desde los Foros y en toda esta década de resistencia y lucha cultural e intelectual, hoy nosotros a la lectura la instalamos como un bien social a cuidar y desarrollar, y eso es un triunfo.

        Y como Fundación, creo que tenemos buena parte del mérito, y una enorme responsabilidad, en el represtigiamiento de la lectura en todo el país. Hoy no hay provincia que no tenga su plan de promoción de la lectura, como lo tienen los clubes, las asociaciones más variadas, e incluso empresas y sindicatos. Y en todo eso nosotros tuvimos algo que ver. No digo que fuimos los primeros ni los únicos, pero sí que tuvimos muchísimo que ver en la instalación de la lectura como bien colectivo y como necesidad central para el desarrollo.

—A propósito de las antologías Leer por leer y Leer la Argentina, que serán distribuidas gratuitamente este año entre los estudiantes secundarios de todo el país, ¿podrías contar cómo fue esa experiencia?

        —Para nosotros fue un gran reconocimiento que el Ministerio de Educación de la Nación nos encargara este año hacer la obra que hemos hecho, esta primera antología Leer por Leer. Pero también fue y es una enorme responsabilidad. De hecho hoy somos parte del Plan Nacional de Lectura, y somos la única fundación vinculada de este modo concreto a la Campaña Nacional de Lectura.

        Entonces, a partir de un convenio con el Ministerio, convoqué a un grupo de escritoras amigas, que además tenían experiencia docente, lo cual era importantísimo dado que las antologías van a circular en colegios secundarios. Planteé que esto fuera rentado, por que así debía ser: modesto pero rentado. Trabajamos un equipo de cinco: tres Gracielas (Cabal, Bialet y Falbo), Angélica Gorodischer y yo. También tuvimos algunos colaboradores locales y nos fuimos encontrando en diferentes lugares, para compartir hallazgos y lecturas, y así fuimos organizando las antologías en función de los distintos niveles etarios que comprende la escuela media. Como es obvio, se trataba de conciliar los intereses de los futuros jóvenes lectores de Salta con los de Chubut, los de Misiones con los de San Juan o la Patagonia. Para ello buscamos y leímos centenares de autores y miles de textos, de manera que se integraran todos en el más amplio espectro posible, tratando de formar algo así como un nuevo canon provisorio, pero, por supuesto, sin guías de actividades. Leímos y descartamos mucho, porque tenían que ser textos de calidad pero accesibles y breves.

El resultado son los cinco libros que el proyecto contempla publicar hasta alcanzar tres millones de ejemplares. Hay dos millones seiscientos mil estudiantes de entre 12 y 18 años, pero con todos los profesores y las bibliotecas, estamos hablando de unos tres millones de destinatarios. De esta primera edición que hizo el Ministerio, tengo entendido que se están distribuyendo 500.000 libros, pero en eso nosotros no tenemos nada que ver. Nuestro único compromiso con el proyecto fue hacer las antologías, mientras que todo lo demás (la impresión, la distribución, la cantidad de ejemplares a entregar, y cómo y cuándo) es responsabilidad exclusiva del ministerio.

        Y ahora viene otra etapa: dividimos el país en siete regiones (NEA; NOA; Cuyo; Patagonia; Centro y Litoral; Provincia de Buenos Aires y La Pampa; y Capital Federal y Conurbano) y se van a hacer libros específicos para cada una de ellas. Los destinatarios van a ser los mismos chicos de la escuela media argentina, pero en este caso se incluirán solamente narraciones de cada región, de manera que, por ejemplo, los pibes patagónicos puedan leer cuentos y relatos patagónicos.

—Tu proyecto más ambicioso actualmente es la reconstrucción de un edificio que será sede de la Fundación. Presentános el origen y estado de ese proyecto ¿Qué espacios y actividades va a ofrecer la casa propia de la Fundación?

        —Bueno, yo empecé a soñar con un lugar propio cuando estábamos preparando el primer Foro, allá por el ‘96. O sea que en cuanto surgió la idea de esta segunda Fundación, me planteé la cuestión del espacio físico. Elevé un pedido al gobierno provincial, y comenzó la espera. La Subsecretaria de Cultura del Chaco, Marilyn Cristófani, que es una persona muy activa y respetada, nos ayudó en las gestiones y cada tanto, cada seis meses, yo insistía. Hasta que en el 2001 apareció una posibilidad que se le ocurrió a Marilyn, a quien es justo reconocerle que le debemos todo esto. Ella sugirió la recuperación de un viejo edificio abandonado, donde funcionó durante años la División de Investigaciones de la Policía del Chaco y el cual estuvo cerrado toda la última década. Y bueno, hicimos todos los trámites que había que hacer, y al final, en septiembre de 2001, firmamos un comodato por 50 años.

        Y claro, justo cuando íbamos a comenzar la reconstrucción la Argentina se vino estrepitosamente abajo. Entonces paramos todo hasta finales de 2003. Primero tuvimos que apuntalar el edificio, porque estaba en condiciones calamitosas. Fuimos juntando unos pesos de aquí y de allá, yo me dediqué a juntar donaciones fuera del país, y algunos arquitectos e ingenieros amigos se hicieron cargo de las obras, por las que no han cobrado nada. Así cambiamos los techos, sacamos escombros, cambiamos cañerías, todo de a poquito. Y en eso estamos, avanzando muy lentamente. Hasta ahora lo único que pudimos recuperar es un espacio donde poder instalarnos y trabajar, de modo que no seguir pagando alquileres. Pero la obra está parada por el momento.

        La proyección, por supuesto, es moderadamente ambiciosa. Soñamos con instalar allí una gran biblioteca literaria, para grandes y chicos, que ya está iniciada a partir de que yo doné mi biblioteca personal y que ahora ha crecido muchísimo. Tenemos alrededor de 12.000 volúmenes y esperamos montarla sobre un auditorio para 150 personas, con un gran salón de lectura en el que algún día tendremos computadoras para el público y exposiciones de arte permanentes. En la parte de atrás empezamos a recuperar la zona de los calabozos, donde vamos a instalar aulas y vamos a conservar sólo una celda testigo, con algunos elementos que recordarán lo que fue la Dictadura, y habrá también un patio de la memoria, abierto. De manera que si Tata Dios quiere, y si encuentro el dinero que por ahora no tenemos pero que estoy buscando, en cualquier momento podremos continuar con las obras.

—En la apertura del último foro, decías que la lectura salvará al país. ¿De qué y cómo nos salvan los libros? ¿Qué política cultural creés necesaria que desde el Estado se ponga en marcha para transformar a un país de no lectores en una nación de ciudadanos lectores?

        —Cuando digo que sólo la lectura salvará al país, obviamente digo una frase provocadora. En realidad lo que quiero decir es que si no se recupera la lectura en este país, no tendremos salvación genuina. Y a esto lo creo absolutamente. Sin una política nacional de lectura no hay salida en la Argentina, en términos culturales. Yo ya hice varias propuestas, he escrito varios textos sobre el Derecho a la Lectura, que debe ser sancionado constitucionalmente y mediante Ley del Congreso. He propuesto la sanción de una Ley que establezca los derechos de los lectores. Así como hay ley de libro, de teatro o de cine, tiene que haber una ley de la lectura. La lectura es un derecho que tiene la sociedad y, a partir de ese derecho hay que debatir y establecer una política de estado de lectura.

        De hecho hay líneas ya trazadas, al menos, que yo sepa, desde que Andrés Delich estuvo al frente del Ministerio de Educación. Creo que entonces se lanzó el Plan Nacional de Lectura, que con muy buen criterio y sin sectarismo ha retomado este gobierno de la mano de Daniel Filmus. Aquel plan empezó en el 99, creo, en Buenos Aires, y se hizo también una gran encuesta nacional de lectura, que ha sido utilísima en términos estadísticos y de planificación. Ahora hay además una Campaña Nacional de Lectura, que conduce Margarita Eggers Lan, una escritora muy activa y competente, y que es diferente del PNL, porque esta Campaña es mucho más directa y agresiva, y se suma a los diferentes programas provinciales.

        Yo creo que estamos en un muy buen comienzo, aunque todavía falta esa legislación que redondee, que organice y que de alguna manera garantice a la ciudadanía y comprometa al estado a mantener una activa Política de Lectura.

        Para que se tenga una idea de la importancia de esto hay que decir que España, por ejemplo, en su Ministerio de Cultura tiene una Dirección General del Libro y Promoción de la Lectura que ha cambiado al pueblo español en un par de décadas. Y así España, que tenía índices de lectura per cápita bajísimos hace treinta años, al salir del franquismo, es hoy uno de los pueblos más lectores del mundo, y sin dudas el más lector de toda la lengua castellana. Eso quiere decir que cuando se tiene una política seria y consistente, una política de estado de promoción de la lectura, es perfectamente posible transformar la realidad socio-cultural. Y significa también que el Estado tiene que hacerse cargo de la tarea de estímulo y medición, de seguimiento de los índices de analfabetismo, de la creación de estrategias que promuevan la lectura y reorganicen el sistema bibliotecario nacional.

Después vendrá todo lo demás. Yo creo que hace falta un Ministerio de Cultura, a partir de la reestructuración total de la actual Secretaría. Creo que hay que darle autonomía real a la Biblioteca Nacional, a la CONABIP, al Fondo Nacional de las Artes y a cada uno de los muchos institutos que hoy dependen de la Secretaría de Cultura de manera bastante errática. Para todo esto hace falta una política de estado de Cultura, y otra de Lectura. Y esos son los debates que debe estimular, con claro sentido federal, un Ministerio de Cultura. Es todo un tema, ya lo sé, y nada de esto es fácil, además de que tengo la impresión de que no hay, todavía, conciencia acerca de la importancia de esta cuestión. Porque la Cultura, todavía, en la Argentina es mirada por las dirigencias como algo entre peligroso, sospechoso y banal. Y el espantoso sistema multimediático que padecemos sigue contribuyendo a que gran parte de la sociedad crea que cultura es espectáculo, pavada, frivolidad. Y así nos va. •


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