Sobre Literatura Argentina

Diálogo con Winston Manrique, del suplemento Babelia, del diario El País, de Madrid, octubre de 2004.

—Violencia, exilio, dictadura, miseria urbana, corrupción son algunos de los temas que identifican a la literatura argentina de los últimos años, ¿debe la literatura saldar esas cuentas?

        —No, no debería hacerlo, pero lo hace. Y es que si bien es acertado el repertorio de la tragedia argentina que enumera la pregunta, también lo es que toda literatura en emergencia finalmente, tarde o temprano, recala en la emergencia misma. Lo que sucede es que, guste o no, la literatura tampoco está para hacer política y sin embargo la hace todo el tiempo. De igual modo que la literatura no tiene por qué escribir la Historia, pero la escribe y reescribe todo el tiempo.

—¿Qué tanto y de qué manera ha afectado la reciente crisis económica la literatura de su país?

        —Una crisis económica, o política, o social, y del tamaño de la que hemos vivido nosotros y acaso todavía vivimos, afecta todos los campos de la vida, individual y colectiva. Salvo que uno sea una ameba, o un protozoario, es imposible salir indemne. Cuando la vida de un país es sacudida y alterada, es ridículo pretender que la literatura de ese país no lo sea. La literatura no es ajena a lo que pasa en la vida de una nación. Y esto vale para el teatro, el cine, la música y todas las ramas del arte. De ahí que, en mi opinión, la extraordinaria vitalidad que está teniendo el arte en la Argentina debe explicarse como una magnífica respuesta a esa crisis, que es de valores y de sentido. La literatura siempre resignifica todo, más allá de las modas o de la voluntad de autores o editores.

—¿Cuáles son las principales características de la literatura argentina actual frente a las de otros países de habla hispana?

        —No lo sé, ni estoy seguro de que existan tales características propias. La literatura argentina es parte de la literatura latinoamericana, que es como una misma, enorme casa, en la que en todo caso hay habitaciones que se llaman literatura argentina, chilena, colombiana, mexicana, etc. E incluso brasileña. Cada una puede tener sus voces y sus tonos, sus temperaturas y preocupaciones, sus ambigüedades y sus marcas de color, urbano o rural. Pero me parece imposible, y sobre todo ocioso, responder seriamente esta pregunta. Y además a mí no me interesa establecer cómo diferenciarme de Elena Poniatowska, Antonio Skármeta o Fernando Vallejo…

—Hacia dónde se encamina la literatura de su país?

—Bueno, a mí me parece que toda literatura se encamina, o debería encaminarse, o sería bueno que se encaminara, simple y sencillamente hacia la calidad estética, la profundidad de ideas y la universalidad. ¿No le parece?


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