Sobre la novela Cuestiones Interiores

Diálogo con Carlos Gazzera, para el diario La Voz del Interior (de Córdoba, Argentina), Abril de 2003.

—Me pregunto hasta qué punto usted ha construido a Juan, el personaje de su nouvelle Cuestiones interiores, en tensión con la figura del Estafador de Estafen! de Filloy. Juan es claramente el "antagonista" del Estafador, amén de que su nombre ya es un homenaje a Filloy. Algunas comparaciones: Juan no puede hablar de su crimen; el estafador es un verborrágico. Juan mata "sin razón"; el estafador tiene una razón para todo. Juan se condena solo; el estafador niega. Juan sueña al igual que el estafador, pero la función del sueño en una y otra historia dicen lo contrario.

        —Bueno, ahora yo también me lo pregunto. En realidad, en este texto se convocan muchas lecturas, como debe ser. Si es cierto —y yo creo que lo es— que un escritor es también la suma de sus lecturas, aquí están varios de mis maestros y entre ellos Don Juan, sin dudas. Lo que usted señala es evidente, pero le confieso que yo no lo había advertido. Eso indica, desde luego, que la tensión entre mi personaje de Cuestiones interiores con el Estafador de Estafen! se produjo de modo inconsciente. E incluso ahora yo agregaría más: mi personaje, Juan, es también un obsesivo, con lo que bien podría emparentarse con el metódico Optimus de la novela Op Oloop. En fin, creo que en mi escritura siempre hay no sé si homenaje pero sí reconocimiento. A libros fundamentales y a mis maestros. Y Filloy fue mi maestro y mi amigo, y por eso tengo para mí que, en cierto modo, él está en todo lo que yo escribo.

—Es notable en la historia de su novela la importancia que tiene la abyección. Hay escenas que recuerdan aquella pregunta: ¿en dónde anida el mal. ¿En el hombre, en la sociedad?

        —Es verdad esa abyección que usted menciona. La muerte del hombre que está orinando junto a mi personaje desencadena una serie de pensamientos y evocaciones innobles en Juan. Y digo la muerte porque eso es, ¿no? Porque si bien esa muerte no es natural, tampoco es un crimen, no es un asesinato cabal. Y eso mismo se contrapone, digamos, con pensamientos y evocaciones despreciables de una persona que no es lo que vulgarmente se llama un criminal o un asesino, y ni siquiera parece ser completamente una mala persona. O sea que el mal, en este texto, está como suele estar: escondido, no evidente y gelatinoso, digamos, inaprehensible. Es un poco lo que sucede con el mal en nuestra sociedad, ¿no? Lo padecemos a diario pero la sociedad misma no sabe encontrarlo. Incluso lo niega, lo desconoce, lo defiende y hasta lo vota... Quizás por eso, conjeturo ahora, ésta es una novela de ambiente tribunalicio. La Justicia y sus usos, su retórica, sus costumbres y su hipocresía, es tan protagonista de esta novela como el mismo Juan. Y por eso mismo pienso que detrás de este libro sin duda están, me doy cuenta, El proceso de Franz Kafka, y El extranjero de Albert Camus.

—No sé si el modelo de Celine estuvo presente a la hora de escribir su novela, pero el tratamiento del mal, de la suciedad, de la bajeza, el abatimiento moral, ¿significaron para usted una forma de poner en escena el mal social en el mal subjetivo?

        —Concientemente no, pero puedo admitir que si Celine estuvo fue de modo inconsciente. Y lo celebro, porque yo solamente puedo escribir desde la inconsciencia. Pienso que cuando un autor o autora es demasiado conciente de todo lo que pasa o va a pasar en el texto, termina por echarlo a perder. Para mí la literatura es un andarivel de enormes riesgos, algo así como jugar al galllito ciego: uno anda con una venda en los ojos y va reconociendo espacios, figuras, episodios, y mientras tanto reflexiona, analiza, cuestiona, imagina. Por eso no puedo establecer exactamente qué autores, y qué libros, me guiaron durante la escritura, pero de que ellos son mis brújulas yo no tengo dudas. Y en cuanto al tratamiento del mal y el rebaje moral, supongo que sí, que inconscientemente quise aludir a los males que aquejan a la sociedad en la que usted y yo vivimos. Es obvio que Cuestiones interiores no es una novela de tesis ni de actualidad social, pero sí tiene una tesis, que es profundamente moral, y también contiene una alusión que, al menos en mi opinión, irrenunciablemente es parte de toda novela de imaginación pura.

—Creo que hay un modelo de ficción que está funcionando en esta nouvelle más allá de lo filloyano, que es el modelo macedoniano de hacerle asumir a la ficción "teorías" (la de la locura, la del misticismo, la de los sueños, la del feminismo, los Norteamericanos, Valentino, Gardel el "macho" argentino", etcétera). ¿Está de acuerdo?

        —Absolutamente sí, por supuesto. Y ello obedece a que, para mí, una novela no es solamente trama o peripecia. Al menos la novela que yo quiero escribir, la que busco siempre, es aquella que por sobre los episodios plantea los dos grandes desafíos, o propuestas, que enseñaron los grandes, desde los griegos: por un lado la tesis, o sea la posibilidad de alusión, elusión e ilusión —para decirlo con un juego de palabras— y por el otro el ejercicio de estilo. De modo que en esta novela, sin ninguna duda, están al menos esos dos intentos: en efecto yo quise plantear una serie de teorías —naturalmente funcionales al argumento— y a la vez quise que la prosa fuese en cierto modo un experimento. Ese modelo de ficción, como usted lo llama, tiene una riquísima tradición en la literatura argentina. Y ahora creo que quise también celebrarlo por una razón muy sencilla: a los argentinos nos han robado casi todo, nos han desvalijado de la manera más impactante. Pero todavía no nos robaron el lenguaje (no del todo, por lo menos) y si hay algo que todavía podemos decir que tenemos y es completamente nuestro es la Literatura Argentina. Creo que Ricardo Rojas, que fue el primero que lo advirtió, hace décadas, aprobaría esta afirmación.

—El regreso a la ficción con esta novela y la que se anuncia proximamente, ¿significa un distanciamiento de la militancia político-social?

        —Yo no diría distanciamiento, pero sí retorno a las fuentes. O más bien, si lo prefiere, es un ejercicio de salud literaria. En el fondo, nunca temí que la militancia política-social me apartara de la literatura, pero de hecho algo de eso sucedió. Las alertas, por suerte, me funcionaron bien. Y como tenía muchos textos empezados y por corregir, pues entonces se trataba de encontrar los intersticios, para decirlo con una palabra filloyana. Los fui encontrando y así pude terminar "Cuestiones interiores", que era un embrión que me interesaba mucho, y sobre todo "Visitas después de hora", una novela que durante diez años no pude resolver. Y no sólo eso: también me lancé a revisar centenares de poemas escritos en secreto durante más de treinta años. Así que ya ve: mi domicilio en la vida siempre fue y seguirá siendo la Literatura.

—¿Cómo le resultó escribir un texto ficcional en el fragor de su sostenida participación político social? ¿La patria de la ficción permite cuestionar a la patria de la realidad? ¿Permite forjar un espacio que luego la realidad copia?

        —Me interesa mucho eso de la patria de la ficción como antagonista de la patria de la así llamada realidad. Es una tensión permanente, podríamos decir histórica, de la literatura argentina y latinoamericana. Sin dudas, la primera siempre aventaja a la segunda, y la anticipa, la explica, la interroga, la cuestiona. En nuestros países, inevitablemente y lo querramos o no, escribimos para cuestionar lo que verdaderamente somos: habitantes de territorios en llamas. No estoy seguro de que luego la realidad copie los textos, pero sí lo estoy de que los textos, finalmente, siempre dibujan la realidad que fue y la que será.

—¿De qué trata su próxima novela "Visitas después de hora"?

        —Una joven llega a un país en el que su padre está muriendo, en un hospital, y se instala junto al cuerpo de ese hombre que solamente respira. Durante sucesivas noches, monologa y recuerda, ama y reclama, y reconstruye la vida de una familia que nunca fue tal, o acaso más bien intenta reorganizar fragmentos de aquella vida ilusoria. Es una novela intimista y casi confesional, en la que también concurren otras voces, todas nocturnas y femeninas, de quienes han girado en torno de ese hombre al que han amado y detestado. Es todo lo que puedo decirle, porque no me gusta mucho hablar de argumentos, y menos de mis propios textos.


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